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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Diario de Noticias

Entrevista a ÁNGEL MARTÍNEZ SALAZAR,
periodista y escritor


“En cualquier conflicto bélico, la primera víctima siempre es la verdad.”

El periodista y escritor alavés Ángel Martínez Salazar acaba de publicar su último trabajo, que lleva por título Aquellas guerras que nos contaron (Laertes)

R. USÚA JAVIER ARIZALETA - Lunes, 1 de Septiembre de 2014 - Actualizado a las 06:07h

ESTELLA-LIZARRA - 
El autor, afincado en Tierra Estella, deja patente en el libro cuál es una de sus grandes pasiones, la lectura casi obsesiva de periódicos, especialmente la sección de Internacional. En él, plasma además su visión del mundo en función de la información que han ido transmitiendo los corresponsales de guerra españoles, de los que hace una radiografía histórica, eso sí, huyendo del modelo enciclopédico. 

Habla Martínez Salazar de una profesión cambiante y arriesgada que se ha cobrado muchas vidas, de periodistas que han dignificado la profesión y también de otros, los menos, no demasiado honestos. Precisamente esta figura, la del periodista especializado en conflictos internacionales, que cuenta 'in situ' lo que ocurre en países en guerra, ha cobrado especial relevancia en los últimos meses, y sobre todo en las últimas semanas, tras la muerte de James Foley, periodista estadounidense ejecutado por los yihadistas del Estado Islámico.

¿De dónde le viene ese interés por los reporteros de guerra?-En su día, hace unos 15 años, quise hacer un libro sobre la figura del periodista en la novela española contemporánea y me salió un capítulo que era este, y que daría para otro libro. Aquí se han juntado tres cosas; primero, como lector de periódico, lo que más me interesa es la sección de Internacional, y pude haberme especializado pero no me apetecía irme a Madrid; además yo tengo la pedrada del viaje, hay algo que me apasiona de viajar. Es más, creo que es una putada no tener dos vidas: una para viajar constantemente y otra para quedarme en casa. Y en tercer lugar, pensé en por qué no hablar de gente, de corresponsales que yo había conocido de cerca.

¿Qué se va a encontrar el lector en Aquellas guerras que nos contaron?-No es una enciclopedia, ni una publicación cerrada sobre los corresponsales. Es la visión de un vasquito, yo, que ve el mundo a través de los periódicos y los libros, y al que los corresponsales de guerra le han servido de informadores. Eso le ha servido también para mirar hacia atrás, a ver quiénes era los primeros que empezaron a contarlas. Pero no hablo de trincheras, ni de batallas, ni de fuegos cruzados; eso no me interesa.

El libro está plagado de citas, de anécdotas…-Sí, porque hay que ilustrar, pero he querido ser honesto, añadiendo lo que dice o cuenta cada uno. Tampoco pretendo ser imparcial. Ahora hay una guerra en Gaza, y yo hablo de campos de concentración, de terrorismo de Estado... A mí los hebreos me caen bien, de vez en cuando como comida judía y me interesa mucho la historia de los sefardíes; los de Hamás tampoco me caen bien, pero, ante la brutalidad, no puedo ser equidistante con Israel, está masacrando a un pueblo.

¿De haber sido corresponsal de guerra, qué conflicto le hubiera gustado cubrir?-Estuve en El Salvador y Guatemala en los años 80, y me interesa básicamente Centroamérica. Y, para que haya un guiño, no solo por vasco, me hubiera gustado acompañar a Belaustegigoitia en los años 30 a Las Segovias (Nicaragua) para conocer a César Augusto Sandino, o en los 80, a los sandinistas entrando en Managua. No me interesan mucho otras guerras, como las de Oriente Próximo o la de Irak, me quedan un poco lejos.

Divide a los corresponsales en distintos tipos: los que escriben desde el hotel, los que se juegan el pellejo…-Es que no dejan de ser periodistas como tú o como yo. Y hay quien se ve que es un gandul y no se mueve del hotel, y quien dignifica la profesión, como Manu Leguineche o Ramón Lobo, los dos grandes ejemplos, para mí, de buenos corresponsales de guerra. Hay algunos más literarios (Maruja Torres, Javier Reverte, Pérez-Reverte…), más juguetones, como Javier Nart o Julio Fuentes… Y también hablo de las corresponsales, las mujeres han aportado muchísimo a la profesión porque tienen otra sensibilidad y se van a fijar en cosas que los hombres no. No puedo olvidar tampoco a los corresponsales vascos, que aparecen por todas las esquinas: Soriano, Belaustegigoitia, Iriondo, Sistiaga… Y hay autores que me interesan por su precisión, su perspicacia, su punto de vista, quienes cuentan mejor el ambiente… También le he querido dar al libro un cierto soporte literario ya que, por ejemplo, en la Primera Guerra Mundial no hablo de corresponsales, porque ninguno estuvo en las trincheras, sino en la retaguardia, a buen recaudo.

¿Qué es lo que admira de los corresponsales y qué aborrece?-Hay una cosa que no me agrada en general de algunos: la propaganda, las visiones sesgadas, la descarada falta de objetividad, la moralina, el morbo... Para ver lo que pasa en Siria o en Gaza no hace falta que usted me salpique la página con sangre. Y sí me agrada el rigor, la información de primera mano y contrastada, una visión del conflicto didáctica y, cómo no, cierto sentido del humor sin ser frívolo, claro.

Asegura que éste es el libro que más le ha costado escribir…-Sí, por la temática, no por el tiempo. Es verdad que empecé hace diez años en una vacaciones en el Cabo de Gata, pero por lo que de verdad me ha costado es porque, a nada que tengas un mínimo de sensibilidad, es duro tragarte una guerra. La gente, por la nefasta influencia de las películas bélicas, piensa que el periodista es un tío que se lo pasa de puta madre: está en el hotel, liga con una chica de la Cruz Roja o de una ONG, tiene buenas dietas…

Cuando, en realidad, usted resalta una y otra vez lo mal pagados que están.
-Muy mal y con pocos medios, siempre intentando aprovechar el móvil, la cámara de fotos o el télex del compañero para llegar a tiempo.

Dice que en Irak se acabó el corresponsal de guerra tal y como se concebía.-Hasta entonces un corresponsal se movía a su aire, a su libre albedrío, sabía dónde podía ir... A partir de Irak cambia. Los ejércitos ven que los reporteros son peligrosos, porque van a contar lo que están viendo, y empiezan a controlar. De hecho, los servicios de inteligencia israelíes controlan en estos momentos tanto a Hamás como a las corresponsales extranjeros. Y al que sea un poco molesto, seguro que le putean; eso pasa en cualquier guerra. El periodista es una persona a controlar, porque en cualquier conflicto la primera víctima es la verdad. Si ahora en Ucrania hubiera habido un corresponsal, habría contado quién lanzó el misil. Ahora todo es confusión y unos se echan la culpa a los otros.

¿Quiere decir que es una figura en peligro de extinción?-No, pero va a tener que adaptarse a otras situaciones. Primero, porque a las empresas, en una profunda crisis, no les interesa invertir en periodismo de investigación, enviados especiales… 
Además, como digo, los controles por los ejércitos son férreos, ya no se pueden mover como hace veinte años. La ventaja para las empresas es que gracias a Internet y a las redes sociales hay otras fuentes de información, incluso de ciudadanos de a pie. Luego hay que contrastar, ahí está el peligro. También en las grandes empresas hay mucho papanatas que se fía más de las grandes agencias de información que del freelance, del periodista independiente. Y hay que desconfiar un poco de esas grandes agencias, aunque sean decentes, porque te pueden envolver y vender mercancía averiada.¿Por qué cree que un periodista da el paso de ir a un conflicto y se expone al peligro?

-En el libro no he buscado esa respuesta, pero, por ejemplo, Leguineche, al que mejor conocí, era todo lo contrario a un Indiana Jones. Era grande, torpe…, no me lo imagino corriendo en una balacera. Supongo que será el interés por ser testigos y cronistas de la historia. Creo que tiene que ver más con las ganas de contar que con otra cosa, a pocos les va la marcha esa del riesgo. 

Y también que es algo de edad, cuando se cumplen años ya pocos quieren ir. Los periodistas somos curiosos y, al que le falte eso, tiene que volver estudiar otra cosa. Eso y la ganas de contar son lo más importante, por encima incluso del talento. Yo, si fuera director de un periódico, no querría al primero de la clase, sino al más curioso y al que más ganas de contar tuviera.

martes, 1 de julio de 2014

El Correo de Álava

El escritor alavés Ángel Martínez Salazar, que desgrana en su libro virtudes y miserias de los reporteros de guerra, en La Florida. (Foto: Rafa Gutiérrez)

Ángel Martínez
Salazar homenajea
a los reporteros en
‘Aquellas guerras
que nos contaron’

N. ARTUNDO - VITORIA. «Podría ser la mirada de un lector que ha seguido las guerras», expone Ángel Martínez Salazar para describir su libro ‘Aquellas guerras que nos contaron’ (Laertes). Biógrafo de Baroja, Ignacio Aldecoa oManuel Iradier, seguidor infatigable de viajeros, tanto exploradores de la tierra como de la gastronomía, acomete su nuevo ensayo con una doble mirada. Por un lado, la del apasionado lector de las secciones de información internacional en los periódicos. Por otro, la del profesional del periodismo que no duda en «pintar tal cual» al colega que, más o menos cerca de un frente bélico, es amante
«del frasco o de las mujeres» o en clasificarlos como «vagos o rigurosos». Y es que en las páginas se mezclan «una mirada rigurosa sobre los corresponsales » con diversos «guiños a la profesión».

Como en muchos momentos de su libro, en el que Martínez Salazar recoge fragmentos de crónicas o aportaciones de diferentes reporteros –Jon Sistiaga, Jacinto Miquelarena, Rodrigo Soriano, Alfonso Rojo o Javier Nart–, deja a la insustituible pluma de su amigo Manu Leguineche la «radiografía de la profesión». El conjunto es, también, un adiós a una forma de trabajar e informar «que ya no va a ser como fue. Ya no sabes si lo que te cuentan es manipulación o no», y surge el ejemplo del conflicto en Siria.

El autor presentó ayer en Vitoria este libro –«el que más me ha costado», confesaba después de casi doce años de gestación–, acompañado por el reconocido escritor y autor de cómic Antonio Altarriba.

Mártires y literatos
En su análisis, el también profesor de literatura francesa en la UPV recalcaba «la idea de que los reporteros de guerra han sido los ojos de la sociedad y los ciudadanos. Frente a la propaganda, la mentira y la manipulación de la información, el reportero ha ejercido comouna especie de antídoto, una mirada si no objetiva sí al menos humana», razonaba Altarriba. A la vez, recordaba el conocido principio de que «la primera víctima en toda guerra es la verdad», citado porMartínez Salazar.

A lo largo de sus diez capítulos, el autor repasa dos siglos de historia, que arrancan con la decimonónica Guerra de Crimea y que incluyen a figuras como José Luis Pellicer, dibujante de ‘La Ilustración Española y Americana’, considerado también responsable de la primera historieta realizada en la piel de toro. Tampoco faltan esos «hombres y mujeres que dan un testimonio vital, personal» o quienes ya no pueden hacerlo, como Julio Anguita Parrado, Julio Fuentes, Juantxu Rodríguez o José Couso, al lado de quienes también dejaron huella en la literatura, como Vicente Blasco Ibáñez, Arturo Pérez Reverte, Juan Goytisolo o el mismo Baroja.

Altarriba tampoco olvidó resaltar la simbología de una portada donde soldados británicos con los ojos afectados por el gas mostaza avanzan como una columna de ciegos. «Habla de la crueldad de la guerra y recoge el tema de la ceguera», apuntaba. 


martes, 10 de junio de 2014

NOVEDAD:

Aquellas guerras que nos contaron. 
El reportero de guerra: 
entre la vocación, el fuego y la propaganda, 
de Ángel Martínez Salazar 

Las nuevas tecnologías han modificado las relaciones entre los reporteros y sus empresas. Otrora, el enviado de un periódico, agencia o cadena de televisión, disponía de cierto margen y podía dar libre curso a su iniciativa. Buscaba la información, la descubría, la verificaba, la seleccionaba y le daba forma según su talento y el tiempo disponible. En nuestros días, cada vez más a menudo, no es más que «un simple peón» que se desplaza a través del mundo desde sus oficinas, que pueden encontrarse en los antípodas. Por su parte, los directivos tienen al alcance de su mano informaciones procedentes de infinidad de fuentes (imágenes o sonido en directo, despachos, Internet) y pueden, de esta manera, «tener su propia visión de los hechos», eventualmente distinta de la del reportero que cubre un acontecimiento en el lugar del conflicto.

            Esta obra va dirigida a hablar del papel de los periodistas españoles, de esos corresponsales y enviados especiales que, a lo largo de nuestra historia, se han dedicado a contar cuanto vieron sus ojos –entre luces y sombres, entre el horror y la nausea– en diversos conflictos armados. Vieron, oyeron, sintieron... y, a su modo, nos lo contaron.

Ángel Martínez Salazar ejerce el periodismo desde hace lustros. Ha dirigido varias revistas culturas (Lux Daemoniorum, Paréntesis o Papales de Zabalanda) y colaborado en otras de campanillas. Es autor de cientos de artículos, una veintena de libros (Manuel Iradier, un explorador de quimeras; De techo y olla; El señor de Itzea, Geografía de la Memoria. Aventureros, exploradores y viajeros vascos; De comerse el mundo, este último publicado en Laertes, etc.). En marzo de 21014, recibió su premio más estimado: "Papeles de Zabalanda".

viernes, 15 de junio de 2012

Pablo-Ignacio de Dalmases, sobre «De comerse el mundo. La cocina de los viajeros españoles», de Ángel Martínez Salazar


La cocina de los viajeros españoles



«Hay una cosa que un viajero -o cualquier turista debiera hacer cuando llega a un lugar desconocido…: acudir al mercado local, pasear en los amaneceres, asomarse a los establecimientos de todo tipo, buscar la música que hace cantar y bailar a sus habitantes, visitar los museos y rincones emblemáticos, asistir a una manifestación cultural típica, ojear la prensa local, conversar -incluso por señas o en chabacano- con la gente y, desde luego, probar la comida y bebidas de la zona». Un sabio consejo con el que Ángel Martínez Salazar inicia su libro De comerse el mundo. La cocina de los viajeros españoles (Laertes).

Uno de los mejores alicientes de cualquier viaje es el descubrimiento de las cocinas locales, que son el resultado tanto de la disponibilidad real de materias primas, como de siglos de tradiciones, culturas, hábitos e incluso normas y prejuicios religiosos. Variedad ciertamente amenazada por la creciente globalización, con la subsiguiente imposición de pautas de alimentación que tienden a una peligrosa uniformidad. Martínez Salazar ha seleccionado una cuidada, amplia y variada antología de textos de viajeros españoles en lo que éstos hablan de sus aventuras gastronómicas en tierras lejanas e ignotas, desde los clásicos de los grades descubrimientos como Fernández de Oviedo, fray Juan González de Mendoza, Eugenio de Salazar o Pedro Menéndez de Avilés, los viajeros del siglo XIX, cuales Cristóbal Benítez, Manuel Iradier, Ali Bey el Abasi o Pedro Artonio de Alarcón, los expertos gastronómicos de nuestro tiempo, como Nestor Luján y Juan Perucho o lo nómadas contemporáneos, como es el caso de Rusiñol y Sagarra en la primera mitad del siglo XX o Reverte, Pancorbo, de la Cuadra y Leguineche en nuestro tiempo. Todo ello para descubrir que, como dice un viejo refrán, «todo lo que nada, corre o vuela, a la cazuela».

De ahí que Martínez Salazar traiga a colación exquisiteces como perro asado en Filipinas o Corea, taquitos de gusanos en México, saltamontes de Arizona, ratas al ajillo de Rotterdam, estofado de pene de búfalo, mus de serpiente cascabel en Tokyo, mono verde asado en el Congo, huevos de hormigas rojas en Laos, Thailandia y México, guiso de canguro en Australia, huevos de iguana en Colombia, foca hervida en Alaska, ahumado de orugas, sapos, termitas y hormigas en Colombia, y asado de perro en la islas Carolinas. Como dicen en Cuba, para gustos hay colores… y ¡y sabores!

Pablo-Ignacio de Dalmases, Diario Marítimas

jueves, 15 de marzo de 2012

"En busca de la recepta perfecta", una reseña de «De comerse el mundo», de Ángel Martínez Salazar

Esta crónica la firma Pablo Fernández, para El Periódico de Catalunya.


Caviar y hormigas, langosta y rata… Lo que para un occidental provoca dolor de estómago, para un asiático es “bocata di cardinale”.

Gracias a varias novedades literarias, el viajero descubrirá todo un universo de recetas. En la época en que el actor Paco Martínez Soria hacía furor en los cines españoles se decía que a los hombres se les conquistaba por el estómago. Afortunadamente, la sociedad ha cambiado y los roles ya no responden a modelos tan sexistas: en la actualidad ni hombres ni mujeres tienen tiempo de cocinar. Sin embargo, la gastronomía se ha convertido en un fenómeno cultural y económico que acapara titulares en los periódicos y minutos en radio y televisión. El mundo de los viajes no vive ajeno a este boom.

 Antes de coger el avión, el turista del siglo XXI no duda en documentarse convenientemente acerca de la gastronomía de su destino y de los restaurantes que merece la pena visitar. Entre el creciente número de libros que satisfacen por igual a viajeros y gastrónomos destaca el reciente De comerse el mundo, de Ángel Martínez Salazar. Este sorprendente recorrido por la gastronomía del planeta cuenta con una atípica peculiaridad: además de viajar en el espacio, lo hace en el tiempo. El autor reúne de una forma enciclopédica numerosas anécdotas y fragmentos de viajeros del siglo XV al XXI. Al consultar la entrada Venado, por ejemplo, vemos cómo el naturalista español José Longinos Martínez Garrido describe en su Diario de las expediciones a las Californias (1787) la forma en que los indios obtienen este tipo de carne: “La cacería la hacen también disfrazándose como la hembra del venado, con una cabeza que vacían y, pintándose de ceniza, van en los mismos ademanes de comer, reclamando al macho hasta que se acerca a tiro de flecha”. Obviamente, una obra de este tipo recoge innumerables platos exóticos, sorprendentes y algunos… poco apetitosos. “Luego que acampamos a las tres de la tarde, los soldados del real, en los matorrales de él, hicieron una gran cacería de ratas que comieron con deleite”. Así lo consignaba el franciscano Juan Agustín de Morfi en su Viaje de Indias y Diario del Nuevo México (1771).

 Aunque no todo en este libro se limita a rarezas culinarias (rarezas desde el punto de vista occidental), hay que reconocer que los párrafos más jugosos responden a aquellos que trasladan al lector a escenarios de aventura. “Nunca entendí que con la cantidad de peces maravillosos de que disponen, los zorros volantes les puedan encantar tanto a los tongueños –y a otros muchos isleños de los Mares del Sur–. Todos se hacen lenguas de las delicias de un buen murciélago cocinado con coco” (Luis Pancorbo, Son los mares del Sur).

Un excelente complemento a este enfoque literario y aventurero es El mundo en un plato (El País Aguilar), una guía que recorre el planeta en busca de las recetas típicas de cada continente. Así, si uno viaja a Estados Unidos debe saber que uno de sus platos estrella es la langosta de Maine. Esta guía descubre cómo y dónde disfrutar de este exquisito plato.

lunes, 23 de enero de 2012

«De comerse el mundo», de Ángel Martínez Salazar, en el Diario de Noticias (y el diario Deia)

El periódico Diario de Noticias (y el diario Deia) se hace eco de la publicación de De comerse el mundo, de Ángel Martínez Salazar, y ha charlado con él. Producto de esa conversación surgió este artículo, que queremos compartir con vosotros.



'De comerse el mundo' recoge la gastronomía de la literatura viajera EL ESCRITOR ÁNGEL MARTÍNEZ SALAZAR HOMENAJEA A LOS AVENTUREROS "A TRAVÉS DE LO QUE COMIERON" R. USÚA.


 ESTELLA-LIZARRA. El periodista y escritor alavés Ángel Martínez Salazar (Nanclares de Oca, 1957) es, desde su adolescencia, desde que descubrió a Alexander von Humboldt y su Del Orinoco al Amazonas, un gran apasionado de las historias de viajeros. "Me quedé enganchado con lo que contaba". Quizá por eso, con 20 años se lanzó a descubrir Cuba navegando en un buque soviético o con apenas 16 y movido por la Revolución de los Claveles, cargó con la mochila, "un billete de mil pelas", y recorrió Portugal haciendo dedo.

Este hombre de letras, que vive entre Gasteiz y Sorlada, es un auténtico ratón de biblioteca, aunque lo que de verdad le quita el sueño es la literatura de viajes. "Si echan una buena peli, la veo, pero si no leo. Y si en casa tengo 3.000 libros, 2.000 son de viajes y los he leído todos", señala. Tanta es su pasión que acaba de publicar una nueva obra titulada De comerse el mundo. La cocina de los viajeros españoles. "Es, básicamente, un homenaje a todos esos viajeros curiosos que ha habido a lo largo de la historia, y qué mejor forma que hacerlo a través de lo que han comido por aquí y por allá". O lo que han visto comer a su alrededor. "Cuando voy a viajar, sobre todo si es a algún país lejano, procuro primero leer libros de viajes, autores interesantes y, obviamente, como vasco, no puedo dejar de pensar en la comida", se ríe. 

Martínez Salazar describe su obra, de la Editorial Laertes, como "un libro para comérselo" y dice que nace como hobby, aunque desde el más absoluto rigor y con una exquisita documentación. "Entre libro serio y libro serio (lleva una veintena), me dedico de vez en cuando uno de estos para mí, que son al final los que mejor me salen. Necesito algo que me entretenga, me divierta, me entusiasme…, porque si no, me aburro y ya no tengo edad para hacer chorradas. Llevo 25 años haciendo crítica literaria como periodista, y es muy bonito, pero también muy árido. He tenido que leer auténticos peñazos, y esto me relaja, me sirve para desengrasar". 

VIAJEROS ESPAÑOLES 
En esta obra se circunscribe casi exclusivamente a viajeros españoles, desde descubridores del Nuevo Mundo hasta contemporáneos, donde recopila figuras como las de Tomás de la Torre, Antonio de Ulloa, Manu Leguineche o Javier Reverte. Dice que pensó en restringirlo a aventureros vascos (de los que ha escrito muchísimas páginas), pero lo desechó porque "se me hubiera quedado corto". También se le pasó por la cabeza ampliarlo a viajeros universales, aunque, como dice, "hubiera salido de ahí la Espasa Calpe". 

A modo casi de enciclopedia, y aunque se ha permitido ciertas licencias, el autor habla y detalla la gastronomía de los cinco continentes, reuniendo anécdotas, historias y fragmentos de obras de autores-viajeros, desde el siglo XV, cuando comer era la principal preocupación, hasta el actual, en el que comer ciertas cosas es casi un reto. En ese sentido destaca los prejuicios que hay en muchas ocasiones. Señala que, a fin de cuentas, los motivos culturales y religiosos han venido determinando la manera de alimentarse en cada lugar: desde el perro en China o Corea del Sur, los saltamontes en México, las avispas y abejas en Sri Lanka, e incluso recopila alguna que otra historia de tribus antropófagas que los viajeros han ido dejando en los libros. "Con la comida, y también con otras cosas, hay muchos prejuicios. Prueba de eso es por ejemplo el zorro. Tú le dices a un inglés, que por cierto en general comen de pena, que coma zorro y te dice que no, que se alimenta de alimañas y tal. Sin embargo, en algunas regiones de Rusia antes era un plato exquisito. O el caviar. A ti te ponen eso en el plato, te lo enseñan, y dices '¡qué asco!'; pero por algo será tan caro". 

También De comerse del mundo está lleno de guiños, guiños a su tierra de nacimiento y a la de adopción, como es Nafarroa. "Hablo de los caracoles como el plato tradicional del patrón de Araba. Pero tú le dices a un extranjero que coma eso e igual vomita. En este sentido, el refranero es bastante exacto. Todo lo que corre, nada o vuela…, a la cazuela". Martínez Salazar también pone peros a lo que se viene a llamar comida regional o estatal, y cuenta la influencia del continente americano. "Es mi continente; si volviera a nacer, lo haría en América del Sur, me da igual el país. Y por eso en el libro hay mucha América. De allí trajeron el tomate, el pimiento, el maíz, las alubias, el cacao… Yo me pregunto qué comerían nuestros ancestros hace 200 años, porque, por ejemplo, la patata en Nafarroa y Araba no lleva más de 150 años, aunque parece que está de toda la vida. En realidad no, se empieza a generalizar a mediados del siglo XIX. Y hace 40 o 50 años aquí se hablaba de los espárragos como una especie de raíces", señala este escritor, que reconoce que le encantaría viajar más. "Me gustaría tener dos vidas, una para viajar y otra para quedarme en casa. Pero me dicen que es imposible", concluye.

lunes, 16 de enero de 2012

Novedad editorial: «De comerse el mundo. La cocina de los viajeros españoles», de Ángel Martínez Salazar

DE COMERSE EL MUNDO 
La cocina de los viajeros españoles 
—Ángel Martínez Salazar—


En el corazón de un viajero hay curiosidad, asombro y algo de desapego, ¿pero y en su estómago? 

De comerse el mundo explora los nuevos caminos que ha emprendido nuestra gastronomía a lo largo de la historia partiendo de las experiencias de exploradores del Nuevo Mundo, comisionados, avanzadillas eclesiásticas, viajeros, escritores y cronistas que han dejado constancia de sus descubrimientos y sus asombros culinarios. También de sus aprensiones. 

 El autor reúne de un modo enciclopédico anécdotas, historias y fragmentos de obras de autores españoles (y algunos extranjeros) sumamente ilustrativos de la visión de su tiempo, desde el siglo XV —cuando encontrar alimentos era la principal preocupación—, al siglo XXI —cuando el reto es comer las más suculentas variedades de bichos sin inmutarse—; de M. de Anglería, Tomás de la Torre, o Antonio de Ulloa a Javier Reverte, Manu Leguineche o Luis Pancorbo pasando por J.M. de Sagarra y Santiago Rusiñol. 

Es este, al fin y al cabo, un auténtico festín, un bufet libre para curiosos, viajeros y gastrónomos que empieza y acaba en los mercados de todo el mundo. 

Ángel Martínez Salazar (Álava, 1957), es periodista y escritor. Autor de una veintena de libros entre los que destacan: Manuel Iradier, las azarosas empresas de un explorador de quimeras (1993); Aquellos ojos extraños: Euskal Herria en los libros de viaje (1995); El señor de Itzea. Apuntes para una geografía barojiana (2002) y Geografía de la memoria. Aventureros, exploradores y viajeros vascos... (2005). Desde 1982 colabora en diversos medios de comunicación, se ha especializado en historia de América y viajeros españoles de todos los tiempos, y ejerce la crítica literaria. Ha conseguido finalizar su primera novela: Solo un hombre solo y prepara un ensayo sobre los corresponsales de guerra españoles.