jueves, 17 de octubre de 2013

La huella escatológica

Crítica de Gabriel Arnaiz en la revista Filosofía hoy (FH Libros clave)

Filosofía caca
¿Puede la mierda ser objeto de reflexión filosófica?
La huella escatológica, de Alberto Álvarez, convierte
al excremento en metáfora para interpretar la sociedad.

Pocos filósofos han osado meterse con ella. Diógenes, que se atrevió a ciscarse en mitad del ágora para preguntarse de manera efectista: «¿Por qué ciertos comportamientos pueden hacerse en público y otros no?»; Montaigne, que escribió en sus Ensayos aquella frase tan democrática de que «cagan los reyes y los filósofos, y las damas también»; Žižek, que ha relacionado la morfología de los tres tipos de váteres europeos con las tres modalidades de ideología política que representa Francia, Inglaterra y Alemania; y Sloterdijk, quien en su Crítica de la razón cínica analiza la función subversiva de la provocación escatológica al rastrear las huellas del cinismo a lo largo de la historia. 

Si hablamos de los nuestros, Gustavo Bueno, que, partiendo de la premisa «sin basura no podríamos vivir», ofrece en Telebasura y democracia un análisis filosófico de la basura sistemático; y más recientemente José Luis Pardo en su Nunca fue tan hermosa la basura. Pare usted de contar.

En La huella escatológica, el historiador y antropólogo Alberto Álvarez Aura analiza las metáforas del excremento en el espacio social. Es decir, utiliza el excremento (en un sentido amplio) como clave hermenéutica para entender los procesos sociales. De esta forma, el autor esboza una cierta semiótica de la mierda, es decir, una especie de «filosofía de la mierda» (en línea con las más recientes «filosofías de x», hasta hace poco tiempo impensables, como la filosofía del cine, la filosofía del sexo o la filosofía del deporte) que explicaría los intrincados mecanismos de funcionamiento de las sociedades, tanto las del pasado como las del presente. 

La escatología, nos recuerda Álvarez, «constituye una experiencia antropológica básica de los humanos que transita entre lo cultural y lo natural, a través de una serie de excreciones como defecar, miccionar, segregar, llorar, menstruar, escupir, eructar», etc., que también incluirían «las expresiones de la función blasfema o insultante del lenguaje». Según el autor, la historia de lo escatológico «está estrechamente unida a las necesidades del progreso sociocultural», a la «domesticación del desperdicio» tanto público como privado que han llevado a cabo las estrategias higienistas de la medicina y la biopolítica. 

El excremento como prisma interpretativo le permite a Alberto Álvarez unificar una gran variedad de fenómenos de índole muy diversa: la fascinación de un cierto tipo de arte por el mal gusto (desde Duchamp hasta Dubuffret), las últimas tendencias de la cultura contemporánea (como el kitsch, el punk, el trash o el gore), el realismo grotesco de la literatura popular (por ejemplo, Rabelais), tan cercano a las fiestas de carnaval, los mecanismos de exclusión social de los  marginados (una especie de «desodorización pública» similar a la privada), diversos ritos relacionados con la excreción, etcétera. El autor es capaz de amalgamar con soltura conocimientos de antropología, teoría literaria, historia, psicología o filosofía que ilustran la tesis de que «la mierda» (los residuos, los deshechos, la basura) no solo está por todas partes, sino que es algo positivo e incluso bello. 


El autor sostiene
que la mierda no
solo está por todas
partes, sino que es
algo positivo, bello

En el fondo (y parodiando a Marx), el motor de la historia sería la lucha entre las tendencias escatofílicas de las clases populares y desestabilizadoras del orden social imperante y las tendencias escatofóbicas propias de la burguesía y las clases altas, donde es más frecuente el asco y la vergüenza frente a este tipo de fenómenos.

Un libro de excitante lectura porque, como dijo San Agustín, «nacemos entre heces y orina». Porque, según Freud, nuestra caca fue el primer regalo que le hicimos a nuestras madres, y el acto de defecar, nuestra primera forma de pensamiento. Porque para Victor Hugo, «la historia de los hombres se refleja en la historia de las cloacas». Y, sobre todo, porque debemos dejar de ver al excremento como algo necesariamente negativo que hay que erradicar de nuestras vidas (no olvidemos que, hasta hace muy poco, las plantas se abonaban con mierda de animales). Como diría el autor: el excremento es un objeto de valor, de modo que acojamos los excrementos con alegría (como haría Leopoldo Panero) y, en lugar de un poema, hagamos con ellos filosofía. Así que, como dicen las gentes del teatro: «¡Mucha mierda!». GABRIEL ARNAIZ

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