miércoles, 5 de mayo de 2010

Una anécdota de Guinea-Bissau

Esta que sigue es una de las maravillosas anécdotas que cuenta José Luis Aznar Ferrández en la guía de reciente aparición Rumbo a Guinea-Bissau. Si esto no es amar un país y a sus gentes...




Hace unos años, cuando viajé por primera vez a Guinea-Bissau, llegué a una tabanka que me habían recomendado en Barcelona. Sin conocer a nadie me presenté y compartí unos días con el pueblo mandinga.

Uno de esos días, un chico, que no era de esa aldea pero que llevaba un tiempo viviendo en ella, me pidió la bicicleta con la que por entonces yo viajaba. Se la dejé como había hecho en otras ocasiones con otros muchachos. El chico se la llevó a las cuatro de la tarde, pero a las seis, cuando ya empezaba a oscurecer, todavía no había regresado. Comenté la tardanza a unos pocos amigos de la aldea; a las siete me percaté de que en la tabanka se estaban produciendo movimientos extraños, grupos de gente se estaban reuniendo. Una hora más tarde eché en falta a los jóvenes que a diario se reunían conmigo, pero nadie hablaba de ello. Llegaron mujeres y niños que, curiosamente, se quedaron a mi lado. A partir de las nueve empecé a preocuparme por mi bicicleta y pregunté por el chico que se la había llevado. Las mujeres y niños me contestaron que no me preocupase; –ha de llegar–, era su respuesta.

Eran ya las once de la noche y todo el pueblo seguía despierto, algo del todo extraño; en el campo, sin luz, la gente suele acostarse entre las nueve y las diez. Finalmente deduje que los jóvenes de la aldea habían ido a buscar al chaval. Digo «deduje» porque lo que para los occidentales es un sí o un no, blanco o negro, en África, en general, todo tiene muchos matices y en ocasiones uno no acaba de descifrar la realidad al completo. El caso era que lo chicos, a las siete de la tarde, se habían ido a buscar al desaparecido, en una noche completamente cerrada y lluviosa, mientras que el resto de los habitantes de la tabanka me hacía compañía y me animaba; en ningún momento me dejaron solo. Me preocupó haber creado tal revuelo, e intenté explicar que lo sucedido no tenía tanta importancia y que el muchacho ya llegaría.

Pasada la medianoche, lloviendo a raudales, oí el rumor de unos aplausos, un sonido que se acercaba progresivamente hasta lugar donde yo me hallaba. A lo lejos vislumbré luces de frontales y linternas. Y de pronto apareció un grupo de personas a cuya cabeza iba uno de los chicos de la aldea sosteniendo mi bicicleta, custodiado por el resto de los muchachos. Me devolvieron la bicicleta entre disculpas. La imagen de aquellos chicos mojados y sucios de barro nunca en la vida se me olvidará. Habían salido a buscar al imprudente, preguntaron en las tabankas y siguieron sus pasos hasta dar con él. Lo habían encontrado a más de 10 km de la aldea. Pero eso no importaba, se sentían en la obligación de devolver la bicicleta al invitado y así fue. Entre risas y vergüenza por lo sucedido, los habitantes me explicaron que ellos no podían tolerar que alguien le hiciera una cosa como ésa a un amigo, y que si hacía falta, estaban dispuestos a llegar hasta Bissau.

Este apunte es una muestra de lo que me he encontrado viajando por Guinea-Bissau, gente agradecida que valora que compartas tu tiempo con ellos, que a cambio te dan todo lo que tienen. Es por esto que opino que el viaje a Guinea-Bissau vale la pena, y, que por encima de todo, hay que aprovechar la ocasión para conocer a sus habitantes.

Rumbo a Guinea-Bissau, José Luis Aznar Ferrández, Laertes, 2010

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